Tenía yo 18 años y estaba en el instituto. Una tarde salí a tomar un café y ordenar los apuntes del próximo examen. Entré en la cafetería y ocupé una mesa redonda próxima a la ventana. En la mesa de la lado, una chica de buen ver, alta, de grandes tetas, elegante y con falda corta hacía el tiempo frente a su humeante café.

 No recuerdo como se inició la conversación pero sí recuerdo que salimos juntas, caminamos cogidas de la mano pues pronto se despertó un afecto especial, paseamos por el parque y acabamos en su apartamento.

  Era una enfermera de 25 años e intimamos, en su apartamento con besos suaves y caricias. Me desnudó tiernamente quitándome el sujetador con suavidad. Ya desnudas, el encuentro sexual fue subiendo en intensidad hasta que quitó del armario un strapon, algo nuevo para mi. Se lo puso con un ritual parsimonioso y me amó sin prisas, me lubricó, con un lubricante sexual, aunque no lo necesitaba y me penetró sexualmente.

El goce y el placer que sentí fueron inmensos y lo confieso, hoy, entre mis pertenencias íntimas, en mi casa, hay, además de estimulantes sexuales, y el clásico consolador, un strapon que compré en una tienda erótica a través de internet y al que le doy uso con amigas íntimas, pues aquel encuentro me descubrió una realidad: soy lesbiana y no me avergüenzo de ello.